viernes, 24 de octubre de 2025

MADRES QUE SOSTIENEN EL MUNDO EN SILENCIO

 Cuando pensamos en educación, solemos centrarnos en el alumnado, en el profesorado y en el propio centro escolar. Sin embargo, hay una figura fundamental que muchas veces pasa desapercibida: las madres. Ellas sostienen el día a día, acompañan a sus hijos e hijas y, en muchos casos, son quienes más desean que tengan un futuro distinto.

Durante mi experiencia en el Colegio Mediterráneo de Melilla, tuve la oportunidad de conocer de cerca las llamadas escuelas de madres, un espacio que me marcó profundamente y que me hizo comprender la educación desde un lugar más humano, más social y más real.

En este centro, muchas de las madres pertenecían a contextos de gran vulnerabilidad. Eran mujeres inmigrantes, en su mayoría procedentes de Marruecos, que vivían situaciones difíciles: algunas habían sido obligadas a casarse, otras habían sufrido abusos, y muchas se enfrentaban a una gran precariedad económica. En muchos casos dependían completamente de sus maridos —algunos en prisión o ausentes— y tenían numerosos hijos a su cargo. A todo esto se sumaba una gran barrera lingüística, pues muchas apenas hablaban español.

Frente a este panorama, las escuelas de madres se convirtieron en un espacio de apoyo, socialización y aprendizaje, pero también de dignidad y resistencia.

Las madres que participaban en estas escuelas eran mujeres que, a pesar de las adversidades, mantenían una enorme fortaleza. Sin embargo, esa fuerza muchas veces se desarrollaba en soledad. La falta de redes, el aislamiento social y las dificultades del idioma las hacían depender de otros incluso para realizar gestiones básicas, como acudir a la farmacia o hablar con los profesores de sus hijos.

En ese contexto, la escuela de madres se convirtió en un lugar donde podían ser escuchadas, comprendidas y valoradas. No solo acudían para “aprender”, sino también para encontrar un espacio donde compartir experiencias, emociones y miedos sin sentirse juzgadas. Era un lugar donde podían reconocerse entre iguales y, poco a poco, reconstruir su autoestima.


ESPACIO...

Las escuelas de madres funcionan como auténticos espacios de socialización. En ellas, las mujeres descubren que no están solas, que otras viven realidades similares y que juntas pueden apoyarse. A través de actividades, talleres o simplemente conversaciones, se crean lazos de confianza y sororidad que tienen un gran impacto emocional.

APRENDIZAJE...

El aprendizaje dentro de las escuelas de madres tiene un valor profundamente social. Aprender a hablar español, a comunicarse con el profesorado o a entender cómo funciona un servicio público son pasos esenciales hacia la autonomía.

Gracias a estos espacios, muchas madres comenzaron a desenvolverse con más seguridad, a participar en actividades del colegio o a resolver gestiones sin depender de nadie. En definitiva, la educación se convierte en una herramienta de empoderamiento, en una forma de ganar voz y presencia en una sociedad que tantas veces las invisibiliza.

Las escuelas de madres son mucho más que un recurso educativo: son espacios de dignidad, encuentro y transformación. Detrás de cada mujer que aprende a expresarse, a entender el idioma o a participar activamente en la vida escolar, hay una historia de superación.

Desde mi experiencia en Melilla, comprendí que cuando una madre crece, toda una familia crece con ella. Y que la pedagogía, en su sentido más profundo, también consiste en acompañar procesos de vida, dar voz a quienes no la tuvieron y construir juntas un camino hacia la libertad.



miércoles, 15 de octubre de 2025

NIÑOS QUE, A PESAR DE TODO, SON SOLO NIÑOS


Hola de nuevo a todos mis lectores,
Hoy quiero hablaros de un tema que me parece fundamental en la educación y me gustaría visibilizar: los colegios de difícil desempeño. Estos son espacios donde los estudiantes enfrentan múltiples desafíos, ya sea por contextos sociales, económicos o culturales, y donde aprender puede resultar más complicado.

Cuando pienso en estos colegios, lo primero que me viene a la mente no son los libros o las pizarras, sino las historias que cada estudiante trae consigo. Historias de esfuerzo, de familias que luchan, de resiliencia silenciosa. Historias que nos recuerdan que aprender no siempre es fácil y que, muchas veces, depende más de cómo nos sentimos que de lo que sabemos. No son cifras ni estadísticas, son vidas, historias que a veces son invisibles para la sociedad. 

Me gustaría visibilizar las realidades complejas y silenciadas que nos encontramos, hay niños cuyos padres están en la cárcel, otros que viven en centros de menores, niños inmigrantes que aún no entienden el idioma y se sienten perdidos, y muchos que sufren el desapego de sus familias. Sus madres y padres, en ocasiones, han vivido situaciones durísimas, momentos que marcaron sus vidas y que, de algún modo, también afectan a sus hijos. más adelante hablaremos de las escuelas de madres.


LA EMOCIÓN A FLOR DE PIEL...

Yo he tenido la suerte de conocer este tipo de centros y de aprender de estos niños. Niños los cuales no entran dentro de la norma hegemónica de la sociedad, una norma que limita, que etiqueta y que expulsa a la mayoría de nosotros. Niños los cuales solo necesitan cariño. A veces basta mirar a un niño para darse cuenta de todo lo que lleva dentro: miedo, tristeza, confusión… pero también curiosidad, alegría y ganas de aprender. En el aula, estos niños nos enseñan algo muy importante: no importa cuántas barreras existan, su esencia sigue siendo la de un niño que quiere jugar, reír y sentirse seguro.

Como pedagogos en formación, no se nos puede olvidar que para muchos niños la escuela no es solo un lugar donde aprenden contenidos teóricos; es un espacio donde pueden sentirse vistos, escuchados y acompañados. Para ellos, el colegio puede convertirse en un refugio emocional, un lugar donde, aunque fuera de casa el mundo sea caótico, dentro del aula hay alguien que se preocupa, reglas que protegen y momentos que reconfortan.

Imagina a un niño inmigrante que llega sin entender el idioma, o a otro cuyos padres están en la cárcel. En casa puede sentirse solo o desplazado, pero en la escuela encuentra compañeros que lo miran, docentes que intentan entender sus silencios y oportunidades para expresarse a través del juego, el dibujo o la palabra. Cada sonrisa, cada logro pequeño, se convierte en un acto de conexión y pertenencia, vital para su desarrollo emocional y cognitivo.

La neurociencia nos muestra que la relación emocional es la base del aprendizaje. Cuando un niño se siente seguro y conectado, su cerebro puede concentrarse, procesar información y generar nuevas conexiones. Por eso, los docentes que construyen vínculos afectivos fuertes no solo enseñan contenidos: salvan la infancia de muchos niños, les dan confianza y esperanza.

El colegio, entonces, deja de ser solo un lugar de obligación y se convierte en un espacio de reconstrucción emocional. Aquí, los niños pueden aprender a manejar sus emociones, desarrollar resiliencia y experimentar la alegría de la infancia, aunque el mundo fuera del aula les haya mostrado lo contrario.


¡QUE NO SE NOS OLVIDE!

El colegio puede ser el lugar donde su infancia se protege, donde pueden ser niños sin culpa ni miedo, donde se construye confianza, se descubre la alegría de aprender y se siente que alguien cree en ellos. Porque al final, aunque sus historias sean difíciles, son solo niños. Y necesitan un lugar donde puedan sentirse completos, conectados y acompañados.




NO ES UN FINAL, ES UN COMIENZO

  Al llegar al final de esta entrada quiero detenerme un momento para agradecer el camino recorrido.  Pedagogía con Nour  ha sido mucho más ...