domingo, 16 de noviembre de 2025

LO QUE CALLAN LOS MUROS


 

TITULARES: 

  • Nada, más allá de esa calma contra natura, indica al visitante que La Purísima tiene un pasado oscuro y violento y un presente cuestionado por algunas ONG y los niños que huyen de allí. La lista de supuestos agravios es tan larga como se esté dispuesto a escuchar. Empezando por la extendida creencia de que un educador cobra entre 150 y 200 euros por facilitar la declaración de minoría de edad, pese a que en el proceso interviene un médico; y continuando por que “es habitual que se coloquen pruebas incriminatorias para justificar castigos”, según aseguran cuatro chicos diferentes a eldiario.es.
  • Menor de la Fiscalía de Melilla, en los que denuncia “las condiciones infrahumanas en las que se encuentran hacinados” los muchachos y el “pésimo servicio continuado en el tiempo por parte de la empresa adjudicataria, incumpliendo de forma flagrante el pliego de condiciones suscrito”. “Todo ello supone una vulneración flagrante y manifiesta de todos los tratados internacionales suscritos” por España en materia de protección de la infancia.
  • “Y el olor es aún peor, porque la única ventana de la estancia no se puede abrir porque la taponan las literas”, añade indignada le consejera, perteneciente a Coalición por Melilla (CpM), el partido mayoritariamente musulmán que gobierna la ciudad autónoma en coalición con Ciudadanos y el PSOE. “En los baños, encharcados, no vi ningún producto de aseo”, se lamenta.


REFLEXIONEMOS JUNTOS...



Hay realidades que cuesta mirar de frente. Realidades que nos incomodan, que preferimos mantener lejos porque duelen, porque nos obligan a cuestionar la imagen tranquila que tenemos de diversas cosas. Pero a veces basta con escuchar, con asomarse un segundo a lo que viven otros, para comprender que hay historias que no pueden seguir silenciadas.

Cuando pienso en los chicos que llegan solos a los centros de menores —asustados, esperanzados, rotos por dentro y, aun así, luchando por algo tan básico como una vida mejor— siento una mezcla de ternura y rabia. Ternura por su vulnerabilidad; rabia porque incluso aquí, en un lugar que debería ser refugio, vuelven a encontrarse con el abandono. Y eso es lo que duele: que niños que ya lo han perdido casi todo sigan enfrentándose a un sistema que no siempre está a la altura.

Los titulares sobre La Purísima (centro localizado en Melilla) hablan por sí solos. Nada en ese silencio “contra natura” que describen hace pensar que dentro hubo y hay un pasado oscuro, violento, y un presente cuestionado por quienes mejor conocen la institución: las ONG y los propios menores que huyen de allí.
La lista de quejas es tan larga como triste: hacinamiento, castigos, pruebas incriminatorias, baños encharcados, ventanas bloqueadas por literas y una falta de higiene tan evidente que incluso autoridades políticas han afirmado sentirse indignadas al entrar. No es algo puntual; es un patrón. Y es un patrón que debería avergonzarnos.

A todo esto se suma una capa de confusión alimentada por quienes hablan sin conocer. Se repiten bulos como si fueran verdades: que si los educadores cobran 150 o 200 euros por declarar la minoría de edad de un chico —cuando el proceso depende también de médicos—, o que si los menores reciben sueldos altísimos del Estado. Nada de esto es real. Pero los mitos, cuando se repiten lo suficiente, acaban tapando lo importante: la falta de recursos, la gestión deficiente y la ausencia de un plan serio que garantice condiciones dignas.

Y en medio de todo, los educadores. Unos hacen un trabajo admirable; otros, no tanto. Es la realidad de cualquier profesión. Pero lo que no se puede negar es que muchos trabajan con pocos medios, escaso apoyo institucional y una presión constante. Pedirles milagros mientras se les da lo mínimo es injusto, y también peligroso para los menores que dependen de ellos.

La Fiscalía ya ha denunciado el “pésimo servicio continuado” y las condiciones infrahumanas que vulneran tratados internacionales. Que exista un documento así debería ser suficiente para que todos nos detuviéramos a reflexionar. ¿Cómo es posible que un menor solo, sin familia, sin nada llegue a un centro de protección y termine huyendo de él? ¿Qué estamos fallando como sociedad?

Porque estos chicos no son titulares. No son cifras. No son “problemas”. Son niños y adolescentes que cargan historias que muchos adultos no soportarían. Son niños y niñas con sueños, con ilusiones, que anhelan una vida que nunca tuvieron.
Nadie elige nacer donde nace. Nadie elige perderlo todo tan temprano. Lo mínimo que se les puede ofrecer es un espacio seguro, limpio, digno, humano. Y sin embargo, seguimos mirando hacia otro lado mientras ellos duermen con ventanas bloqueadas, respiran un aire que huele a abandono y esperan que algún adulto, algún día, de verdad los cuide.

Ojalá algún día los centros de menores no aparezcan en los medios por su oscuridad, sino por su capacidad de ofrecer futuro a quienes más lo necesitan.

jueves, 6 de noviembre de 2025

REFUGIADOS SIN REFUGIO


  • “Los educadores te hablan mal. Yo prefiero la calle. Estuve siete meses en Baluarte (el centro de infractores, de régimen cerrado) y es mejor”, explica Mohamed, que tiene 18 años y ha pasado tres de ellos en los centros de acogida de la ciudad. Ahora está en situación irregular.

  • A los niños de la calle les cambia la cara cuando escuchan el nombre de uno de los educadores de este centro: “Tiene el corazón negro”, dicen. “A un chaval le hizo bailar, y le 'decía baila, hijo de puta, baila”, relata alguien que permanece en el centro. Tres niños de 10, 15 y 16 años dicen que les levantaban a voces y pateando la cama. “Centro, no bueno. Porra”, contestan a la pregunta de por qué no duermen allí.

⬆ESTOS SON ALGUNOS DE LOS TITULARES⬆

REFLEXIONEMOS JUNTOS...

A menudo utilizamos la palabra MENA sin detenernos a pensar lo que hay detrás de esas siglas: menor extranjero no acompañado. Tres palabras que suenan técnicas, impersonales, como si hablaran de un expediente o de una cifra en lugar de una vida. Pero detrás de cada “mena” hay un niño o un adolescente con nombre, con historia, con miedo y con esperanza. Reducirlos a una etiqueta es una forma de borrar su humanidad, de alejarlos de nuestra empatía y de nuestra mirada.

En Melilla,  el tema de los menores no acompañados es constante en los medios. Se habla de ellos con facilidad, se debate sobre las ayudas, los centros, los recursos, los gastos. Se repite una y otra vez que “el Estado les da de todo”, como si eso bastara para entender su realidad. Pero pocos se preguntan cómo es realmente la vida de esos chicos que duermen en los centros de acogida o, muchas veces, directamente en la calle.

Las imágenes hablan por sí solas: habitaciones saturadas, camas apiladas, tres menores compartiendo un mismo colchón. Jóvenes que, tras cruzar la frontera desde Marruecos escondidos bajo camiones o entre ferris, se encuentran atrapados entre la indiferencia institucional y el rechazo social. Muchos de ellos dejaron atrás a su familia, otros fueron abandonados, y todos viven con la incertidumbre constante de no saber qué será de su futuro.

Desde fuera, es fácil opinar. Se dice que “tienen comida”, “tienen techo”, “el gobierno los mantiene”. Pero muy pocos se detienen a pensar en lo que realmente significa crecer sin afecto, sin referencias, sin alguien que te mire y te diga que importas. Hay testimonios de jóvenes que prefieren la calle a los centros, porque allí —dicen— los tratan mal, los humillan o simplemente los ignoran. Algunos educadores, lejos de ser apoyo, se convierten en otra fuente de miedo. Y, aun así, la sociedad sigue señalando.

Es muy fácil hablar de ellos desde la distancia. Lo difícil es mirarles a los ojos y comprender lo que supone dejarlo todo con apenas 13 o 15 años, buscando solo una oportunidad. No todos los menores no acompañados son delincuentes, igual que no todas las personas “de familias dentro de una normalidad hegemonica” son buenas. Cada historia es distinta, cada vida tiene un porqué.

Antes de juzgar, deberíamos conocer. Antes de repetir lo que oímos en la televisión, deberíamos escuchar. Y si realmente esos niños vivieran con las condiciones que tanto se prometen en televisión —con ayudas, recursos y un techo asegurado—, ¿por qué entonces muchos de ellos siguen durmiendo en la calle? Si de verdad tuvieran una vida digna dentro de esos centros, no elegirían pasar las noches entre el frío, el miedo y la incertidumbre. Eso nos lleva a preguntarnos si esos lugares son tan seguros y protectores como dicen, o si, por el contrario, esconden una realidad que pocos se atreven a mirar de cerca. Quizás la respuesta esté ahí, y de eso precisamente hablaremos en la siguiente entrada...


NO ES UN FINAL, ES UN COMIENZO

  Al llegar al final de esta entrada quiero detenerme un momento para agradecer el camino recorrido.  Pedagogía con Nour  ha sido mucho más ...