jueves, 6 de noviembre de 2025

REFUGIADOS SIN REFUGIO


  • “Los educadores te hablan mal. Yo prefiero la calle. Estuve siete meses en Baluarte (el centro de infractores, de régimen cerrado) y es mejor”, explica Mohamed, que tiene 18 años y ha pasado tres de ellos en los centros de acogida de la ciudad. Ahora está en situación irregular.

  • A los niños de la calle les cambia la cara cuando escuchan el nombre de uno de los educadores de este centro: “Tiene el corazón negro”, dicen. “A un chaval le hizo bailar, y le 'decía baila, hijo de puta, baila”, relata alguien que permanece en el centro. Tres niños de 10, 15 y 16 años dicen que les levantaban a voces y pateando la cama. “Centro, no bueno. Porra”, contestan a la pregunta de por qué no duermen allí.

⬆ESTOS SON ALGUNOS DE LOS TITULARES⬆

REFLEXIONEMOS JUNTOS...

A menudo utilizamos la palabra MENA sin detenernos a pensar lo que hay detrás de esas siglas: menor extranjero no acompañado. Tres palabras que suenan técnicas, impersonales, como si hablaran de un expediente o de una cifra en lugar de una vida. Pero detrás de cada “mena” hay un niño o un adolescente con nombre, con historia, con miedo y con esperanza. Reducirlos a una etiqueta es una forma de borrar su humanidad, de alejarlos de nuestra empatía y de nuestra mirada.

En Melilla,  el tema de los menores no acompañados es constante en los medios. Se habla de ellos con facilidad, se debate sobre las ayudas, los centros, los recursos, los gastos. Se repite una y otra vez que “el Estado les da de todo”, como si eso bastara para entender su realidad. Pero pocos se preguntan cómo es realmente la vida de esos chicos que duermen en los centros de acogida o, muchas veces, directamente en la calle.

Las imágenes hablan por sí solas: habitaciones saturadas, camas apiladas, tres menores compartiendo un mismo colchón. Jóvenes que, tras cruzar la frontera desde Marruecos escondidos bajo camiones o entre ferris, se encuentran atrapados entre la indiferencia institucional y el rechazo social. Muchos de ellos dejaron atrás a su familia, otros fueron abandonados, y todos viven con la incertidumbre constante de no saber qué será de su futuro.

Desde fuera, es fácil opinar. Se dice que “tienen comida”, “tienen techo”, “el gobierno los mantiene”. Pero muy pocos se detienen a pensar en lo que realmente significa crecer sin afecto, sin referencias, sin alguien que te mire y te diga que importas. Hay testimonios de jóvenes que prefieren la calle a los centros, porque allí —dicen— los tratan mal, los humillan o simplemente los ignoran. Algunos educadores, lejos de ser apoyo, se convierten en otra fuente de miedo. Y, aun así, la sociedad sigue señalando.

Es muy fácil hablar de ellos desde la distancia. Lo difícil es mirarles a los ojos y comprender lo que supone dejarlo todo con apenas 13 o 15 años, buscando solo una oportunidad. No todos los menores no acompañados son delincuentes, igual que no todas las personas “de familias dentro de una normalidad hegemonica” son buenas. Cada historia es distinta, cada vida tiene un porqué.

Antes de juzgar, deberíamos conocer. Antes de repetir lo que oímos en la televisión, deberíamos escuchar. Y si realmente esos niños vivieran con las condiciones que tanto se prometen en televisión —con ayudas, recursos y un techo asegurado—, ¿por qué entonces muchos de ellos siguen durmiendo en la calle? Si de verdad tuvieran una vida digna dentro de esos centros, no elegirían pasar las noches entre el frío, el miedo y la incertidumbre. Eso nos lleva a preguntarnos si esos lugares son tan seguros y protectores como dicen, o si, por el contrario, esconden una realidad que pocos se atreven a mirar de cerca. Quizás la respuesta esté ahí, y de eso precisamente hablaremos en la siguiente entrada...


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